Mi pequeño saltamontes…

Mi pequeño saltamontes

Eres un niño lleno de luz en tus ojos y tu sonrisa. Puedes reír a carcajadas con el más simple gesto absurdo que hago con mi cara y maravillarte con las cosas minúsculas que los adultos solemos ignorar.

Eres intenso como tu madre, corajudo, risueño, sensible y determinado.

Así tan pequeño como eres ya te desafías a ti mismo. Sacas tu pechito y caminas con el cuerpecito muy erguido cuando has conquistado uno de tus retos.

Tus bracitos medio flexionados y tus manitas empuñadas anuncian cuando estás a punto de efectuar un pequeño combate, contra aquél árbol a quien has oído hablar haciendo amenazas de entrar a tu cuarto por la noche o contra aquel pedazo de tronco que te ha provocado más de una caída.

Juegas al lobo, pero no eres un lobo malvado, eres el lobo bebé, perdido, buscando a su mamá.

Te escondes juguetón detrás de los árboles para salirnos de repente y hacernos pegar un buen brinco. Tu risa fuerte te delata pero nosotros hacemos como si aun buscáramos al malhechor que anda escondido y asustando gente por ahí.

¡Ay, y qué de ese triciclo que te compré en un “yard sale” a 2 dólares?! A los dos años te frustraste con tu nuevo juguete. Recuerdo cómo la primera vez que intentaste aventurarte en él, te bajaste y lloraste pues tus piernitas eran aún demasiado cortas para alcanzar los pedales. Al siguiente verano volviste a tratar y desde entonces se ha vuelto tu mejor aliado en aventuras, carreras y huidas fugaces. Sí, va tan rápido como rápido pedaleas con tus piernitas alegres. Ahora, a tus cuatro años, ya haces destreza y media con él. En su compartimiento, bajo el asiento, paseas a tus grillos, sapos y ositos de peluche, quienes hacen de esos paseos una delicia pues sabes que andas entre amigos.

Eres mi pequeño saltamontes. Vas de aquí a allá, cambias de lugar en segundos, nada te detiene. Eres insistente y desgastantemente entusiasta. Por supuesto, desgastante para mi, pero tú, llevarás esa energía exuberante como un don que te permitirá llegar a ser todo lo que quieras ser.

Mis bendiciones y constante oración te acompañan siempre, mi niño, aquí en la tierra y te acompañaran allá en el cielo cuando Dios me llame a verte desde su divino horizonte. Te dejo el beso amoroso de abuela.

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